En un sueño en el que permanecía despierto, un alacrán caminaba plácidamente sobre mis sabanas, le miraba y no era capaz de reaccionar, no sabía sus intenciones, si solo estaba de paso y se marcharía, si vendría hacía a mí y me clavaria su aguijón. Tontamente quise acercarme en son de paz, me pareció bello, pequeño pero poderoso, quise acercarme lo más que pude, y sí, es bello; de pronto se dio cuenta que intentaba tocarlo, como acariciarlo, y eso fue el principio del fin, se colocó en posición de batalla, lo curioso es que intentaba salir del terreno en disputa, pero yo quería acariciarlo, él se escurría mostrando en alto su cola y con la capacidad de tomar cualquier dirección rápidamente, hasta que no pudo más que enfrentarme: no pude acariciarle, tampoco él pudo inyectarme dolor. Al levantarme de la cama la escena era aún más perversa: un ave había sido sacrificada y sus plumas pequeñas y suaves flotaban por la habitación y se alfombraban el piso. Hay días hermosamente extraños.
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